No duermo. Me revuelco como una ballena encallada en el sillón. Y los ojos gigantes aunque los fuerce a cerrarse por la presión en la cabeza y las cervicales duras, tensas, que no aflojan y me despiertan, a cada intento por dormirme. No hay caso. No me voy a dormir. Y pienso en la revista que no puedo hacer, en los poemas y libros que no puedo publicar. Dinero. Nada más. No le busquemos más vueltas. No hay plata en el arca del Niño Campeche; apenas si llega a fin de mes. Vive bien, eso sí. Se da la gran vida. Pero no le alcanza para publicar y se va a quedar sin lectores. ¿Sí? Bueno, eso cree. Aunque capaz que ahora no puedan leerlo. MMM. No es tan bueno. Más bien le gusta escribir. Siente la necesidad y la descarga de algo cuando lo hace porque piensa que alguien va a leerlo. Nada más. Como si todo se resumiera a eso. Pero nadie lo lee, de hecho. Y tampoco le importa, va a seguir escribiendo, a pesar de su nada, de su insignificancia, no se va a negar a sentir lo que le pasa en los dedos, en la boca, en la cabeza, en la panza, en la chota cuando escribe. Y a eso, ni el insomnio, ni la máxima lamborghiniana -primero publicar, después escribir- van a impedírselo.
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Habíamos cogido toda la tarde.
Por eso hay una foto de la luna.
Por eso el pelo está demasiado para atrás,
casi sin forma.
Habíamos cogido toda la tarde...
Hace 10 meses

1 comentario:
che, yo te leo
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