Ahora, ahí abajo, los puntitos blancos sobre una llanura en declive y un río marrón que parece estancado y él sabe que no. Puntitos de luz de un puente sobre un río. Que se agranda a medida que los círculos del avión caen sobre la ciudad. El corazón ansioso, a mil. Rosario. Llega. ¿Llega? Eso cree. Aunque le falta Leones. Y ni bien tocan la pista, un millón de cosas y de imágenes, como fotografías, caen a pique. Ya está hecha la tripartición y la necesidad de los tres espacios a los que se siente, inexorablemente, ligado (unido y llamado). Y sabe que no tiene que perder las tarjetas de embarque, ni los papeles de migraciones, ni nada. Y se acuerda de que a lo mejor le toca el semáforo y le abren y le rompen toda la valija, porque se le trabó el cierre. La puta. Y no puede creer el carácter precario del aeropuerto de Rosario. Un tractor arrastra una escalera hasta la puerta del avión y allá, lejos, se mueven los peones del dispositivo acomodando mostradores o montándolos, para la recepción y los controles. Cero infraestructura. Pero seguro que son más rompebolas que los brasileros y él sin el DNI, y ya ve que lo dejan ahí toda la noche, sin poder volver y con las ganas que tiene de cruzar el edificio del otro lado y pasar calles, el Carrefour, el puente sobre Sorrento, las Avenidas. Entonces, desciene y mientras cruza la pista, entre los cristales de arriba, ve una mano que le toca el cuerpo y lo electrifica. La cola que se armó es interminable. Va a ser un karma y ya necesita apretar y amarrarse a esa mano que se eleva, arriba, allá, en los vidrios enormes.
Volver
-
Habíamos cogido toda la tarde.
Por eso hay una foto de la luna.
Por eso el pelo está demasiado para atrás,
casi sin forma.
Habíamos cogido toda la tarde...
Hace 10 meses

No hay comentarios:
Publicar un comentario