Las cosas son así. Una madre que abraza, fuerte, a su nene y una abuela melodramática que llora como si él, El Niño Campeche, hubiera muerto. Ahora entiende de dónde le viene el gusto por el melodrama; lo lleva en la sangre. Y ni bien baja, comienzan los quilombos, que se mezclan con las lajas de la plaza, allá abajo de los árboles que oscurecen un césped fosforescente. Su tía, medicada hasta la médula y con la mirada perdida que le dice que sólo sobrevivió para verlo volver; aunque sabía que no lo haría con la frente marchita y que no está flaco; sino bien. Tirada en una cama y con la vista de ultratumba que lo destruye. Y Silvia y Guille y Lelia en los dos ojos del cuerpo -que él desconoce- y que no va más. No dice nada. hace chistes, le saca una sonrisa desencajada, en medio de la poca percepción que le queda a ese cuerpo sedado con tranquilizantes. No dice nada; pero al mismo tiempo, todo. Adentro, una tropilla de caballos lo caga a patadas hasta dejarlo inflamado y dolorido con tantos moretones, que nadie ve; pero que están ahí y duelen como la concha de la lora.
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Habíamos cogido toda la tarde.
Por eso hay una foto de la luna.
Por eso el pelo está demasiado para atrás,
casi sin forma.
Habíamos cogido toda la tarde...
Hace 10 meses

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