viernes, 7 de noviembre de 2008

Martes. Barra das Tijucas

Otro día de estrés. No termino con el artículo sobre literatura y mercado. Complicado salir de la denegación, sin caer en la idolatría de la mercancía. Tal vez, imposible. No sé. Pero Cucurto mercantiliza la literatura y liter

aturiza el mercado. ¿Y eso hace algo por el mundo? Tal vez -y sólo tal vez- que la literatura pueda seguir existiendo en una lógica de mercado. MMM. Me duele la cabeza. Mariana parece una leona enjaulada porque ya se acerca la partida. El jueves se va y yo, no. La soledad se comerá hasta el morro y únicamente va a quedar el vacío. Mas vacío de lo que ya estoy. Trato de ser indiferente a su proceso, porque no quiero que acreciente mi angustia. Soy frío. Evito. La evito y evito pensar que se va. Y en esos momentos, me invita a Barra das Tijucas. Por la novela que vimos la noche anterior; estoy seguro. Sí, porque ya con Sandra no pudimos ir y ella quería. Y como anoche vimos un culebrón brasileño que mostraba Barra y le encantó, ahora me pide ir, para quemar el tiempo. Y yo no sé. Pero estoy harto de este trabajo y , sí, que se vaya todo al carajo. Me voy a barra das Tijucas.



Nos metemos al metró. Esta vez, le digo que no me haga cometer un delito y me mande al vagón de las muejeres. Y no, aunque confieso que no me molesta en absoluto, ir en él o hacer mierda una regla tan absurda. Pero mejor vamos donde van las personas integradas y no los ghetos. Y ya está. Ahora, subimos en Copacabana al metronibus. Nos lleva por la Costa, pasamos por Ipanema, Leblón y ahora, parece, se termina la tierra con un morro que nos va a hacer estampar y destruir. Pero no. Hay un túnel. Y seguimos por el costado. Playas. Enormes. Y arena y celeste. Y otro morro y entonces, la favela que se derrama por montañas con flores y verdes, muchos verdes y un solo tipo de flor lila, debajo del blanco y azul de arriba. Y autopistas que se curvan y se elevan y bajan, con torres y sobre la tierra y al costado del mar. La Rosiña. Impresiona. Porque es hermosa. Increíble. La belleza en la pobreza. Un aura de favelas. La belleza en la pobreza que, en el fondo, creeríamos que es horrible y no; eso es sólo un clisé. Las casitas de colores apiladas y como morros de cuadritos de colores. No es igual a las del aeropuerto. No. No parecen ruinas. Son un cuadro de colores. Y Otro túnel. Y la playa blanca, debajo de una autopista que parece flotar en la floresta. Y curvas y contracurvas y un paisaje donde lo urbano y la naturaleza están fusionados, sin límites y el corazón a mil. Una sensación en el pecho hasta las lágrimas, que no van a salir, no. Pero que se derraman adentro. Las siento. Ahí, en ese panorama. Y cuando el último túnel es cruzado, ya no son lágrimas; es un mar de cosas que golpea y no sabe por dónde salir. Me acomodo en el asiento. Ya no tengo posición. No me entra el paisaje en el cuerpo o, al revés, el cuerpo quiere ir a parar en el paisaje. No sé. Allá, enfrente y abajo de la autopista, un turquesa intenso se mete entre edificios y chalets; el mar nos pasa por abajo y deja aflorar sólo parches de pequeñas islitas con chalets de los colores más intensos del universo. Jardim oceânico, dice el cartel, ahí, a la derecha. Una ciudad sobre el mar, turquesa. Y la autopista por el costado. No sé qué hacer; porque el cuerpo va a explotar o me va a tirar afuera de las ventanillas. Me veo, molida la carne con los vidrios. Pero no. Voy a aguantar. Sobre todo, porque llegamos a un ponto de onibus y bajamos. Esto es una ciudad aparte. Un country ciudad, con edificios bajos y caros, carísimos. Se nota. Y se parece a Alberdi. Pero con más dinero. La playa, una arena blanca extendida al fin del mundo. Y allá, en el fondo, un Miami en miniatura. Da asco tanta belleza para tanto new rich. La estatua de la Libertad se yergue frente a un shopping y lo arruina todo.

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